3-4 de marzo, 2001
Nos llevó tres semanas antes de volver una vez más a Cueva Misteriosa. Nuestra actitud había cambiado un poco desde la primera vez que empezamos el proyecto. Al principio vimos todo esto como una aventura divertida. Desde el último viaje nos hemos visto tomando un acercamiento más serio. Esta vez nuestra conversación en el coche fue un poco más suave que antes. No habíamos hablado mucho desde el anterior viaje (no por nada sino por no cuadrar en horario). En vez de discutir formas de atravesar el pasaje, nos vimos hablando sobre explicaciones razonables para lo que ocurrió. Ninguno tenía ideas que pudieran explicar los sucesos extraños que experimentamos en el último viaje. Nos hizo gracia enterarnos que ninguno de los dos había hablado mucho sobre el último viaje con otras personas. Es un giro de 180 grados en cuanto a los otros viajes. Fue divertido contarle a los amigos y a la familia nuestro progreso. Siempre es divertido contarle a la gente sobre el pasadizo estrecho que tenemos que atravesar para poder entrar al pasaje. La mayoría no tiene ganas de meterse por voluntad propia a sitios increíblemente estrechos. Y la verdad es que yo tampoco, pero lo haré para poder llegar al otro lado. Buena motivación.
Nos fuimos de la ciudad temprano por la tarde para no tener mucho tráfico. La verdad es que no recuerdo a qué hora llegamos a la cueva. Como dije, el ambiente se hizo más suave. Nos preparamos y empezamos a bajar. Obviamente B dejó a la perra en casa esta vez. Llevamos esencialmente el mismo equipo que la última vez. Dejamos algunas de las herramientas en el agujero para ahorrarles a las mochilas la agonía de tener que cargar con peso extra. Incluso con el equipo llegamos bien abajo. La verdad es que tenemos un buen sistema para subir y bajar. Solo hubo un pequeño contratiempo esta vez. B se raspó el brazo en el descenso. No le pasó factura, por suerte. Esperó hasta que habíamos llegado al agujero para curarse la herida. Solo fue un corte superficial. Mientras se limpiaba la herida yo empecé a trabajar. Ambos notamos que la brisa había vuelto y que la vibración estaba presente. Teníamos cuatro baterías a tope y cuatro (o quizás 3 y medio) brazos a tope. Hoy tenía el presentimiento de que este sería el día. Empezó muy lento. Cuando empezamos a trabajar en el agujero el grosor era de al menos 7-8 centímetros. En lo que hemos ensanchado el agujero el grosor ha ido aumentando. Como resultado el progreso se ha vuelto más lento. Aún así, continuamos con tanta energía como podíamos poner para trabajar. El agujero era lo suficientemente grande, al menos, para mí para poner el martillo en el agujero como referencia, y luego colocar la cámara en el agujero para sacarle una foto a la Tumba de Floyd.
Es difícil de ver en la Tumba, pero el punto más bajo, cerca del fondo de la foto, es de al menos 8 centímetros de alto. El ancho es de alrededor de 50-60 centímetros. El martillo es un mazo pequeño de 2 kilos. Nótese la abundancia de roca en el suelo del pasaje.
Ha sido bonito ver la pila de roca rota por debajo del agujero hacer más y más grande. Nos hemos dado cuenta de que solo íbamos a tener que hacer cierto esfuerzo para poder entrar, así que nos pusimos a ello. Normalmente no hablamos mucho mientras estamos trabajando, ya que uno de los dos hace mucho ruido con el martillo o con el taladro. Los descansos se usan para charlar por un momento sobre los temas que se nos pasen por la cabeza. Los descansos toman lugar cuando el tío que está trabajando decide cederle el turno al otro. Ambos nos pusimos unas sesiones de trabajo duras. Tengo más aguante que B, pero él consigue hacer mucho más que yo en menor tiempo, debido a la fuerza de su tren superior. Seguimos celebrando las pequeñas victorias que nos topamos por el camino. Cuando una sección en la que estábamos trabajando se rompe, lo celebramos. En la rara ocasión en la que una roca del tamaño de un puño cae desde la entrada, nos ponemos a chillar. Eso es un pedazo de tierra que ya no nos separa de... lo que pueda haber al otro lado. Sigo fantaseando con que hay una entrada secreta al otro lado del pasaje y que hace años los exploradores españoles escondieron sus tesoros en la cueva y sellaron la entrada. ¡Y se han mantenido intactos hasta que los hemos encontrado! B tiene una teoría mucho más realista aunque también más mundana. Él cree que hay más cueva al otro lado. Veremos quién tiene razón.
Con este viaje quería ver si podíamos acelerar el trabajo usando brocas de mampostería más grandes. Compré unas de buen tamaño en la tienda de hardware (a un precio de buen tamaño). Una era más grande en diámetro que las demás. La otra era más pequeña en ancho, pero más larga. Había prácticamente concluido que la grande quizás era demasiado grande, y tenía razón. Intentamos colocarla en la roca pero el progreso fue muy lento. Intentamos empujarla con todo nuestro ser y todo lo que conseguimos fue cansancio. La broca más grande simplemente creaba demasiada zona de fricción para nuestra fuerza. Quizás habría funcionado con un martillo hidráulico, pero no teníamos uno. La broca más larga funcionó de maravilla con el taladro. Confiamos en ella para la mayor parte del trabajo que hicimos este viaje. Creí que nos íbamos a quedar sin broca, y sin taladro, y sin mi mano, cuando la broca se rompió por un extremo. Estaba haciendo presión tan fuerte como podía en el taladro con la broca a unos centímetros del muro, cuando se partió. Fuimos capaces de recuperar la broca y seguir usándola, a excepción de unos pocos centímetros. Seguía funcionando bien. Solo una vez cada tanto rato largo recurrimos al martillo y el cincel. El trabajo iba como siempre, hasta el momento en el que estábamos con la cuarta batería.
Estaba de rodillas y trabajando con el taladro lentamente en el muro en aquel momento. Tenía puestos los tapones, las gafas de seguridad, y estaba en las nubes. De repente, por encima del chirrido del taladro sobre la roca, escuché un ruido extraño. Fue alto. Pude oírlo por encima del ruido del taladro, incluso teniendo los tapones puestos. Al principio pensé que solo era el taladro haciendo lo suyo en la cueva. Se quejaba con un chirrido con frecuencia y lloraba cuando lo forzábamos contra la pared. Pero esto era distinto. Me llevó unos cuantos segundos comprender que aquello vino del interior del agujero, y no de la roca. Paré de taladrar y me quité los tapones justo a tiempo para oír el grito más horrible que haya oído jamás alejarse y hacerse eco en la oscuridad de la caverna. Tenía los ojos como platos mirando al agujero. Por un momento largo no me moví, ni respiré. Me giré a ver a B. Hace un momento estaba tumbado en la bolsa de cuerda echándose una siesta. ¡Ahora, estaba completamente de pie, boquiabierto, con una expresión preocupante en su rostro! Me giré a ver por el agujero otra vez, casi esperando ver la cara de un demonio devolviéndome la mirada. Nada había cambiado en la Tumba de Floyd. Fijé mi mirada en el fondo del pasadizo, donde llegaba el límite de la luz de la linterna. No hubo movimiento alguno, solo la oscuridad más allá de mi luz. Pude oír las pulsaciones de mi corazón en mis orejas en el completo silencio que hubo. Ningún otro sonido se pudo oír en la cueva. De repente oí unos raspones detrás de mí y me erguí. Casi me quedo K.O. cuando me golpeé la cabeza con el saliente. Solo era el movimiento de B al encender su linterna pero estaba tan rayado que casi me envía a mi tumba. B habló y me asusté de nuevo. Dijo que pusiéramos unas rocas en el agujero. Me explicó que sea cual sea el animal que hizo ese ruido podría ser capaz de meterse por el agujero. Inmediatamente agarré unas cuantas rocas y las metí por la abertura. Usando el mango del mazo deslicé las rocas tan a fondo del túnel como pude alcanzar, creando una barrera entre nosotros y el otro lado. Ya que el pasadizo es tan pequeño no llevó mucho tiempo. Todo el tiempo que estuve haciendo esto, sin embargo, ¡estaba pensando en que el ruido de ninguna manera pudo venir de un animal! No sabía si B realmente pensaba esto, o si solo lo estaba diciendo para convencerse a sí mismo. No le dije nada de lo que pensaba.
Desde el momento en el que ocurrió, hasta la creación de esta entrada del diario (dos días después) he intentado sacar alguna posible fuente para tal ruido. Si tuviera que describirlo sonaba como una mezcla entre un hombre gritando de miedo, y un puma gritando de dolor. Sonaba como que venía del agujero y estaba a apenas 30 metros de distancia. El ruido horripilante reverberó por la cueva, y por mis oídos. B estimó que el gritó duró de 8-10 segundos. Yo estimo que alrededor de 5 segundos. (3 segundos mientras taladraba, uno y medio mientras para el taladro y me quitaba los tapones, y medio segundo de absoluto terror) Es difícil decir cuánto tiempo pasa cuando escuchas un solo de las profundidades del Hades.
Después de llenar el fondo del pasaje con rocas simplemente nos sentamos ahí escuchando el silencio. Mi respiración era mucho más rápida de lo normal. Ninguno habló durante un tiempo. Finalmente B sugirió que volvamos a trabajar, pero que estuviésemos atentos a cualquier movimiento en el agujero. Pusimos una linterna en el pasaje que iluminaba el fondo de la Tumba de Floyd. Solo fue en ese momento que nos dimos cuenta de que el viento había parado otra vez y la vibración no volvió a oírse. Decir que estaba nervioso sería quedarse corto. No le dije nada a B, y él tampoco a mí. De vuelta a taladrar. B se pidió trabajar, lo que me pareció bien. No estaba cansado, pero no me importaba estar lejos del agujero. B paraba de tanto en tanto y escuchaba. Yo solo me sentaba, le miraba, con la luz encendida. No estaba cerca de la entrada del agujero, pero me encontraba mirando detrás de mí por el pasaje hacia la masa de agua. Cada vez que la luz hacía una sombra inusual se me paraba el corazón. Mi imaginación me la estaba jugando. Por raro que parezca, B parecía menos preocupado por el sonido extraño que yo. Tras un rato parecía estar centrado en atravesar el pasaje. Yo seguía esforzándome en escuchar por encima del sonido del taladro. No oí nada más que el sonido del carburo en la piedra. En lo que contemplaba los posibles escenarios que podrían dar pie al otro lado del pasaje empecé a sentirme emocionado una vez más por entrar por raro que parezca. Puede que fuera la fatiga haciendo de las suyas en mi mente. O la creencia de algo de valor al otro lado.
Mis pensamientos fueron rotos cuando B soltó un grito. Posiblemente una palabrota. Dijo que la batería del taladro se estaba agotando, pero que no había roto del todo una sección (relativamente) grande en la que estaba trabajando. Puso a un lado el taladro inútil y cogió un martillo y un pasador. Empezó a darle con ganas al agujero creado por la broca. Tras casi diez minutos contados de martillar se sentó de espaldas contra la roca, sudando y casi sin aliento. El pasador seguía sobresaliendo del muro de la cueva. Sostuvo el martillo hacia mí, invitándome a que le diera unos golpes. Levanté la mano y negué con la cabeza. Estaba listo para irme de la cueva hace bastante ya. Él no quiso presionar, y sin mediar palabra empezamos a recoger el equipo que nos íbamos a llevar. Fui el primero en ir hacia la salida de la cueva. Me paré varias veces para esperar a B. No porque estuviese yendo lento. Es solo que tenía ganas de salir. Pocas veces me he sentido mejor que aquella noche, saliendo fuera sintiendo el aire fresco de la noche.
Mi diario habla sobre el resto de la noche: La cena, la decisión de ir a un motel y volver al día siguiente, la discusión larga que tuvimos de los sonidos extraños que oímos, otro sueño nocturno mediocre. No me PUEDO creer que estuviésemos tan dispuestos a volver a la cueva después de oír el grito. Parte de la razón por la que me uní a la idea fue porque B parecía indiferente ante cualquier posible peligro. Incluso si fuera un animal (lo cual no creía, pero no podía dar una mejor explicación), ¿no nos estábamos poniendo en peligro? En retrospectiva sigo encontrando difícil entender nuestro proceso de razonamiento para aquel entonces. Estábamos muy emocionados por descubrir pasajes de cueva vírgenes. Ahora creo que solo se puede resumir con una palabra: ¡testosterona!
13 de marzo
Es increíble lo que un par de buena comida y un poco de sueño puede hacer con la actitud de alguien. A pesar de que seguíamos teniendo recuerdos del ruido extraño en mente, nuestro entusiasmo volvía a arder. El otro lado del pasaje parece estar tan cerca. Estábamos seguros de que este iba a ser el día. Llegamos a la cueva y empezamos a bajar para llegar al agujero. Volver a la oscuridad de la cueva me trajo los recuerdos de la noche anterior. Ver el círculo de roca iluminado por las linternas de los cascos, el olor de la tierra en el aire, el sonido que hicimos mientras reptábamos por la roca. Una vez llegamos a la entrada de la Tumba de Floyd, sin embargo, estábamos una vez más preparados para trazar el camino que llevaba a una parte sin descubrir de la cueva. Nos dimos cuenta inmediatamente de la presencia de la brisa soplando por el agujero, y la vibración.
El pasador sobresaliendo de su agujero era una señal obvia de dónde teníamos que empezar a trabajar ese día. B siguió donde lo dejó el día anterior. Yo me acomodé en el mismo sitió que ocupé la noche anterior, a pesar de que ya estaba descansado y listo para empezar a trabajar. B estaba haciendo cantar al martillo con cada golpe. Después de apenas 2 o 3 minutos soltó un grito de alegría. Se giró para revelar un puñado de roca que solía estar pegada a la cueva. Estaba respirando fuertemente, pero tenía una enorme sonrisa en la cara. Y yo también. Por el momento el ruido extraño había sido olvidado, y la visión del éxito nos llamó la atención.
Clic para ver el tamaño de la abertura en este momento.
La esquina inferior izquierda del agujero nos estaba dando batalla por el grosor del muro en ese momento. Sentimos que si tan solo pudiéramos quitar esa esquina, estaríamos de camino a entrar. B ahora tenía en mano los restos rotos de la esquina. La emoción nos consumió hasta que examinamos el agujero. Cogí el martillo y empecé a martillar la superficie del agujero. La idea era quitar los bordes serrados que harían mella en mi piel. ¡El tamaño se veía bien! Ahora, el momento por el que tanto habíamos trabajado.
Me acerqué con cuidado a la entrada de la Tumba de Floyd. Decidí que la mejor forma de entrar al agujero pequeño era colocar un brazo por encima de la cabeza, girar la cabeza a un lado, y lentamente irme metiendo. Pronto determiné que esto no iba a funcionar. El agujero era PEQUEÑO. Si iba a entrar sin ensanchar aún más el agujero, iba a tener que poner ambos brazos por encima de la cabeza, como tirarse de cabeza a la piscina, girar la cabeza a un lado, y "deslizarme" en la Tumba. El ancho de la entrada era el factor limitante. La altura era suficiente. La posición de brazos encima de la cabeza hacía que se asomasen los omóplatos, pero seguía teniendo espacio para entrar. Además, los brazos por encima de la cabeza era lo mejor para no estar apretado por ambos lados.
Para entrar recto en el agujero me puse en pie y me incliné para estar al nivel de la entrada. Tenía las rodillas dobladas y la posición era incómoda, casi como una posición de estar a medias de hacer sentadillas, inclinado por la cintura con los brazos en alto. Además, tuve que girar el tren superior ligeramente a la izquierda, en una rotación en sentido contrario a las agujas del reloj, para barajar el ángulo de la entrada.
Nótese en la última foto que la entrada generalmente se empina hacia arriba por la derecha.
Metí los brazos por la entrada con roces menores. Lo siguiente fue mi cabeza. Al mantenerla girada a un lado fui capaz de entrar, en mayor parte, hasta los hombros. Cuando llegué a los hombros pude sentir las rocas tocándome por todo el pecho y los hombros. No me detenía, pero sí que me iba a llevar roces en muchas partes del cuerpo. Decidí simplemente seguir, teniendo en mente que iba a tener que salir con el tiempo. El dolor no era para tanto, ¡y estaba DENTRO! Bueno, mi tren superior lo estaba. Al menos pude tener una mejor idea de cómo iba a ser la Tumba.
Aquí tenéis una maravillosa foto de mi mejor lado. Nótese el tamaño de la zona en la que teníamos que trabajar. El saliente de arriba fue un obstáculo.
Una vez dentro de la Tumba tuve unos cuantos centímetros a mi alrededor para posicionar el cuerpo. Esta era la parte más grande del pasaje, y estaba convenientemente ubicada justo al principio del pasadizo. Me dio un poco de espacio para posicionarme para reptar por el pasaje. El interior de la Tumba me dio un nuevo vistazo a cómo iba a ser reptar por aquí. A pesar de que esta era la parte más grande del pasadizo seguía siendo pequeña. Podía mover la cabeza libremente, pero a cualquier dirección a la que girase solo había un muro de roca sólida. Cuando le hablaba a B, mi voz sonaba apagada, como si estuviera hablando en una caja pequeña. Podía descansar el pecho en el suelo del pasaje, pero las rocas eran incómodas. Giré la cabeza para mirar al frente, pero no pude ver más allá del muro de rocas que había construido el otro día. El camino hacia el final del pasaje estaba ahora más cerca, y parecía ser aún más angosto. No sabía si iba a caber por ahí. Sabía que estaría cerca. Quería reptar aún más por el pasaje. Primero, sin embargo, tuve que esforzarme por quitar de en medio algunas rocas sueltas que había por el suelo del pasaje. Me decepcioné al averiguar que la mayoría de las rocas que parecían sueltas en realidad estaban pegadas en el suelo. Esperaba ser capaz de quitarlas raspándolas. Había metido el mazo por el pasaje antes de entrar, así que en ese momento lo usé para empujar el "muro" de roca que habíamos hecho al fondo del pasaje. Luego arrastré el mazo hacia delante y atrás del suelo para mover cualquier roca suelta, o romper las sólidas. Al arrastrar la cabeza del mazo bajo el estrecho, determiné que la parte más angosta del estrecho era de unos 18 centímetros de alto. Pensé que tendríamos que trabajar un poco más antes de que pudiera deslizarme. Todo el tiempo que tuve la cabeza metida en el pasaje, B estaba justo detrás, atento a mis descripciones y los informé de progreso.
En algún momento me sacó la foto que mostré arriba. Gracias, B.
Llegado a este punto el tamaño del pasaje no era para tanto. Era un pasaje increíblemente pequeño, pero solo mi tren superior estaba dentro, y ya que era la parte más grande del pasaje, y que podía mover los brazos libremente, estaba muy calmado. Entonces llegó el momento de empujar.
Deslicé el mazo tan lejos como podía llegar. (ya que mi cuerpo llenaba la entrada no podía sacar la herramienta, así que era más fácil empujarla). Para rotar las caderas al ángulo apropiado para entrar al agujero tuve que apoyar mi tren superior en los antebrazos, usar los pies para escalar el muro fuera del agujero, y lentamente "reptar" por el agujero. Apenas me cabían las caderas. Una vez que llegaron a la entrada pude relajarme un poco y posicionarme para impulsarme por el pasadizo. Decidí intentar la técnica del brazo al frente para moverme. El pasaje era tan estrecho que cualquier posición con la que empezase tendría que ser con la que estuviera el resto del recorrido. Simplemente no había espacio para moverme a los lados o para cambiar de posición. También tenía que girar la cabeza a un lado u otro, y mantenerla en la misma posición. ¡Este pasadizo era ESTRECHO!
Moverse al frente en esta parte del pasaje era relativamente fácil. Podía usar el brazo al frente (el brazo izquierdo) para tirar y el otro brazo para empujar. Al mismo tiempo meneaba el cuerpo, intentado arquearlo tanto como pudiera para alejar el pecho de las rocas. Intenté de ambas formas y determiné que tendría que girar la cabeza a la derecha. Se sentía más cómodo. Empecé a aprender cosas mientras iba yendo. Determiné que una linterna pequeña en una mano iría bien. Así podría alumbrar al frente y tener una mejor idea de por dónde iba a reptar. Sería una maniobra difícil porque tendría que mirar al frente, ya que tenía la cabeza girada. Fue inmediatamente obvio que íbamos a tener que trabajar más para quitar las rocas del suelo del pasaje. Mientras me movía por la superficie estaba constantemente rozándome el pecho con las rocas. Estaban afiladas y era doloroso. De vez en cuando hacía que una roca se deslizase conmigo bajo mi pecho y me quedase encajado entre ella y el techo del pasaje. Tenía entonces que retroceder un poco e intentar o bien mover la roca a un lado con la mejilla, haciendo un barrido con la cabeza, o retroceder del todo y moverla con la mano al frente.
Mi pequeño viaje en el pasaje representó un logro enorme en mi "carrera" de espeleísta. Cuando empecé con el espeleísmo no me sentía muy cómodo yendo por espacios estrechos. Hasta el menor estrecho al principio de esta cueva fue un obstáculo a superar. Al esforzarme al máximo y forzarme a probar los pasajes angostos me he calmado mucho más en los espacios estrechos. Aún así, el pasaje representó un nuevo hito en espacios pequeños. No me había enfrentado a nada tan pequeño antes. No recuerdo tener que quitarme el casco antes hasta ahora. Con este pasaje, era obligatorio. Como mencioné antes, no solo tenía que quitarme el casco, sino que tenía que girar la cabeza a un lado para caber.
El viaje por la Tumba fue tal que así:
Tras haberme abierto paso a duras penas por el pasaje me tomé unos minutos para parar y pensar en un plan. La mayor parte de la longitud de mis piernas aún seguía fuera de la entrada. Estaban ahí colgando en el aire. La Tumba seguía siendo lo suficientemente grande para mover la cabeza alrededor, y también mover los brazos libremente en posición. Era más grande que el resto del pasaje, pero por mucho. Era como meter la cabeza en una caja. A cualquier sitio que mirase habían rocas, y no muy lejos de mi cabeza. Cualquier sonido que hiciese sonaba apagado y "muerto". La parte más estrecha del pasaje estaba a 3 metros. En ese momento yo estaba a un metro del recorrido. En la marca de 1,2 metros tendría que someterme a cualquier posición en la que me sintiese cómodo, y mantenerme así hasta la marca de los 3 metros y medio, en cuyo momento la cueva empezaba a abrirse.
Fui con el brazo izquierdo al frente y con la cabeza girada a la derecha. B me dio una linterna que tenía en la mano izquierda. Mientras avanzaba intentaba barrer las rocas sueltas con el brazo izquierdo. Lo hacía más o menos con éxito, pero habían muchas rocas a las que no le daba o que no podía mover. Como mencioné, el primer trecho del pasadizo se pasó bastante rápido, ya que había un poco de espacio por encima de mí para lidiar con el pasaje. Entonces los muros empezaron a cerrarse a mi alrededor. Tengo unos cuantos centímetros extra a cada lado, pero el techo del pasadizo estaba bajando mucho. Alrededor de la marca de los 2 metros pude sentir el techo frotarme la espalda mientras me arqueaba. Tras otros 15 centímetros ya no podía arquearme más. Tuve que impulsarme con los dedos de los pies y tirar con el brazo al frente. Decidí que sería un buen momento para ver si podía retroceder. Lo intenté y era bastante fácil. Eso me dio muchísima confianza Aún así, le pedí a B que me atase una cinta a los pies, solo en caso de que tuviera que tirar para sacarme.
Última foto antes de que mis pies estuvieran metidos del todo. Nótese la cinta que B ató a petición mía.
El cuello me estaba empezando a doler de tenerlo girado a un lado. La cabeza me pesaba más, pero para apoyarla la única opción que tenía era haciéndolo sobre las rocas rotas. Era doloroso, pero lo hice frecuentemente. Estaba mirando a la pared de la derecha. Estaba a apenas 10-12 centímetros de mi cara. La mayor parte del tiempo no miraba la pared. O bien tenía los ojos cerrados (que es algo que a veces hago cuando voy por un sitio apretado) o la luz no estaba alumbrando a una dirección que me beneficiase. Había mucho silencio en la Tumba, más allá de mi propia respiración. Respiraba hondo de todo el esfuerzo que me llevó moverme. Por suerte la brisa estaba presente y me refrescaba. Al levantar la cabeza y tocar con cuidado el techo de tanto en tanto pude medir el tamaño del pasaje que mi cuerpo iba a atravesar. De forma similar a cómo un gato usa los bigotes para medir la abertura de una valla. En la marca de los 2,20 metros pude notar que se estaba estrechando más.
Mientras estaba tumbado en la oscuridad, en un pasaje al fondo de una cueva, uno está en una posición particular para meditar. Literalmente hay una montaña descansando encima de mí, toda la tierra yace debajo. El mínimo movimiento de tierra y yo dejaba de existir. O peor, reconocer el miedo compartido por Floyd Collins mientras yacía ahí, atrapado por días en lo más profundo del corazón de la Madre Naturaleza, incapaz de liberarse de su prisión terrácea.
Ponte en mi lugar: Tumbado bocabajo con el brazo izquierdo extendido por encima de la cabeza. Tu brazo derecho a tu lado, teniendo solo unos centímetros en los que moverlo. Tus brazos y manos están dormidos y sangrando de reptar/tirar de ti mismo por las rocas rotas. Tu cuerpo entero descansando en las rocas. Se te cansa el cuello de sostener la cabeza lejos de las rocas por lo que descansas apoyando la mejilla en la roca. Una vez empiezas de nuevo tienes que empujar con los dedos de los pies para mover tu cuerpo al frente, deslizándote por las rocas. Tras moverte unos pocos centímetros estás respirando hondo y tienes que descansar. Te tomas unos cuantos minutos antes de recuperarte lo suficiente para seguir adelante. Todo el tiempo que estás ahí tumbado estás pensando en cómo vas a retroceder. Y, ¿qué pasaría si...?
Bueno, eso es en resumidas cuentas por lo que yo estaba pasando en ese momento en el pasaje.
Decidí que este sería un buen momento para poner una foto del "pasadizo". La verdad es que la foto se sacó en un viaje distinto, pero muestra lo chungo que era ese momento en el pasaje. Nótese mi cabeza girada al lado (no por gusto) y podéis ver cómo descansaba la mejilla en las rocas. También podéis ver qué tan difícil era ver al frente. Tenía los brazos a los lados (determiné más tarde que esa era la mejor posición). Virtualmente no hay espacio entre el techo del pasaje y mi espalda. ¡QUÉ ESTRECHO! ¡Advertencia a los claustrofóbicos!
La Tumba de Floyd.
Cuando llegué al punto donde me estaba frotando la espalda y pude sentir con la cabeza que el pasaje no se estaba haciendo más grande, supe que lo más probable es que no iba a pasar. Aún así, decidí darle un último empujón. Si hubiera estado en esta posición hace un año, me habría dado un ataque de pánico, ¡pero hoy no! Estaba emocionadísimo. Me tomé unos minutos para descansar, y entonces fui a por ello. Solté todo el aire de los pulmones. Esto hizo que el pecho se me comprimiese lo suficiente como para moverme unos pocos centímetros. Debido a que para moverse hace falta mucho esfuerzo solo fui unos pocos centímetros antes de tener que parar y respirar. Mientras inhalaba mi pecho presionó con fuerza contra el suelo y tenía la espalda pegada al pecho. Me llevó un poco más recuperar el aliento. ¡Por increíble que parezca, lo volví a hacer! Exhalar, empujar, descansar. Otra vez, solo unos pocos centímetros. Repetir. Me tomé unos minutos de más para "disfrutar" de esta posición. Inmovilizado en este pasaje minúsculo. Guau, no me creía lo relajado que estaba. Intenté exhalar y empujar una vez más. La espalda no me dejaba continuar. A pesar del esfuerzo fallido, estaba en las nubes. Me tomé unos minutos largos para tumbarme ahí y recuperarme del esfuerzo. B me había estado animando todo el tiempo. Fue divertido escuchar cómo me animaba viendo cómo mis zapatos se metían más y más al fondo del agujero.
Retroceder no fue muy difícil, pero sí que fue laborioso. Me encontré con los mismos obstáculos que cuando avanzaba. Tras menear las caderas para salir del agujero, lo que llevó algo de tiempo, tuve complicaciones para sacar los hombros. Tenía ambos brazos por encima de la cabeza en ese momento. Se me había pillado la camiseta con las rocas y me estaba rozando los hombros con las rocas afiladas. Tras pelear un poco para dar con una posición buena me rendí y simplemente saqué el resto del cuerpo. ¡TREMENDO ROCE! Se me subió la camiseta a la cabeza, y tuve unos buenos roces en los hombros, pero no me importaba. Para mí este viaje había sido un éxito. Me había superado lo que creía posible con creces. Me arrodillé a la entrada y miré por el pasaje estrecho del que acababa de salir. El muro de roca estaba ahora en la marca de los 3 metros (lo había empujado un poco con el brazo al frente). El punto más pequeño estaba en la marca de los 2 metros y medio. Estábamos cerca. Entre el esfuerzo y la emoción estaba agotado. Me senté en la bolsa de cuerdas, sonriendo. ¡Fiuu! ¡Menudo viajecito!
Nuestro progreso en el agujero.
El resto de la entrada del diario habla de lo mismo de siempre: la escalada para salir, la cena, el viaje a casa, etc. En el camino a casa nos pusimos a barajar ideas y se nos ocurrieron algunas que podrían ayudarnos a pasar al otro lado. Ambos inventamos algunas herramientas para quitar la roca del suelo al fondo del interior del pasaje. Estábamos muy emocionados con este viaje. Yo, por superar mis límites en la cueva, y B por su éxito al salir escalando de la cueva. Esta fue la primera vez que fue capaz de escalar todo el camino para salir sin la ayuda de los dispositivos de escalada, ni con mi ayuda. Era un éxito personal que mostraba el progreso que había hecho desde el accidente que tuvo. Qué guay.
Yo me mantuve asombrado por lo fácil que fue olvidarnos del momento terrorífico que experimentamos justo el día anterior. Todo había sido olvidado, con el extraño ruido siendo culpado, en nuestras mentes, a alguna explicación racional e inofensiva.
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