27-28 enero, 2001



B y yo estábamos emocionados por volver a la cueva y empezar a trabajar. Pensé que con unas 4 horas de trabajo podríamos entrar y ver lo que había al otro lado. Nos las ingeniamos para tomar prestado un taladro inalámbrico DeWalt y llevarlo a la cueva. También teníamos brocas para mampostería para taladrar, mazos (dos) para romper la roca, pasadores de fijación para meter en los agujeros taladrados y algunas otras herramientas que al final no llegamos a usar. Bajar las herramientas a la zona de trabajo fue un desafío la mar de duro. Uno de los dos bajaba por la cuerda y paraba en un saliente o en un buen sitio para descansar, luego el otro le bajaba las herramientas. Repetimos esta rutina hasta que llegamos al fondo de la cueva. Luego arrastramos las herramientas hasta el agujero. Nos llevó una hora para finalmente ponernos a trabajar.

B se pidió el primer turno con el agujero. Tras una hora de trabajo duro pudimos ver que no íbamos a conseguirlo en una sola sesión. Seguimos intercambiándonos cada vez que uno se ponía a sudar del esfuerzo. Uno se tomaba un descanso y comía y bebía algo mientras el otro se ponía a trabajar.

La rutina iba tal que así:

Para empezar a trabajar teníamos que ponernos de rodillas y hacer un esfuerzo para no darnos en la cabeza contra el techo. Trabajando en esta posición tan incómoda podíamos taladrar en el muro alrededor del agujero. Aquello fue difícil. Teníamos que hacer presión en el taladro, y aún con esas el progreso era lento. Luego insertamos el pasador en el agujero y lo martillábamos hasta que la roca se rompía. Luego repetíamos el proceso. Para darte una idea de lo lento que fue, el tamaño típico de roca que se rompía era del tamaño de una uña. Si rompíamos un cacho grande (como 1/3 del tamaño de la palma de mi mano) era motivo de celebración.

De tanto en tanto, para variar, nos poníamos a golpear un cincel frío con un mazo de 2 kilos. El proceso era lento. El problema con el mazo era que no podíamos golpear bien debido a lo estrecho que era el sitio.

Aunque pasamos varias horas y unos cuantos viajes trabajando en el agujero nunca encontramos una mejor técnica para ensanchar el agujero. Tanto el taladro, como el pasador y el martillo nos daban los mejores resultados a nuestros esfuerzos. Nos sacamos unas ideas loquisimas para romper la roca. Desde usar dinamita (nunca lo consideramos en serio) hasta traer un generador a la boca de la cueva y tirar un cable de extensión hasta abajo con un martillo hidráulico. ¡Hasta pensamos en usar nitrógeno líquido para congelar la roca y hacerla más frágil!

Tras un par de horas de trabajo duro nos dimos cuenta de cuál iba a ser nuestro factor más limitante. Fue entonces cuando la primera batería llegó a su aciago final. Teníamos una segunda batería, así que las cambiamos. La segunda batería duró un poco más porque martillamos y cincelamos con más frencuencia y cada vez más. Finalmente, tras casi tres horas de arduo trabajo la segunda batería se agotó y decidimos irnos aquella noche. ¡Fiu! Pudimos notar que habíamos hecho algo en la cueva, aunque no fuera mucho. Por primera vez desde que entramos en la cueva nos sentamos los dos para tomarnos un descanso. Fue bonito ver el resultado de tanto trabajo duro. Entonces notamos el aullido otra vez. Parecía un poco más alto que la última vez que lo oímos. Creímos que el viento soplaba un poco más fuerte afuera. Lo que no pudimos averiguar es qué era la vibración. Esa, también, parecía mucho más alta, y más frecuente. Esta vez no podíamos atribuirlo al ruido de los camiones. Para empezar la carretera en la que los camiones circulaban no era tan transitada. A esa hora de la noche debería estar en completo silencio. Y aún así la vibración continuaba. Parecía venir de lo más profundo del pasaje. B dijo que podría preguntarle a algunos espeleístas veteranos qué podría estar causando el ruido.

No pasamos mucho tiempo admirando el trabajo. Aún teníamos que cargar con todo el equipo hasta arriba y al exterior de la cueva. En verdad dejamos algunas herramientas en la cueva. Era mucho curro. Lo que lo hizo peor fue que los dos estábamos agotados. El plan original era acabar con esta cueva e ir a otras cuevas en la zona al día siguiente. En su lugar decidimos descansar en un motel cercano, cargar las baterías del taladro, y volver a Cueva Misteriosa.

Clic para ver una foto de la abertura tras el primer viaje


Mi diario se va por las ramas de aquella noche tras salir de la cueva: Alquilamos una habitación, la cena fue excelente, no dormí bien a pesar de que estaba agotado, etc.
Los dos nos quedamos dormidos así que tuvimos un inicio tardío para volver a la cueva. El segundo día trabajando en la cueva fue más o menos igual que el primero. Trabajamos hasta que se nos agotaron ambas baterías otra vez. No estábamos ni cerca de empezar a entrar.
El aullido y la vibración continuaron como el día anterior.


Acerca del Espeleísmo

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